Un día cualquiera de verano en Torrellas podía transformarse rápidamente en el gran evento social de la semana cuando corría el rumor de casa en casa de que esa noche iba a venir "El Fayano" a proyectar una pellícula al aire libre en la plaza del pueblo.
Los que somos más mayores y vivimos aquellas maravillosas noches de cine recordaremos la emoción y la expectación que se generaba, hasta el punto de que, mucho antes de la hora en que presumiblemente iba a llegar El Fayano, ya estábamos esperándole en la carretera, junto a La Filajona. A veces temiendo que hubiera habido cambio de planes a última hora y no viniese, dejándonos desilusionados y con la miel en los labios.
Pero al cabo de un rato que se hacía eterno, los que más se habían adelantado en la carretera llegaban gritando "¡ya viene, ya viene...!" desatando el entusiasmo de todos. Y así, en olor de multitudes, hacía su entrada en Torrellas El Fayano conduciendo su gran coche negro, cargado con las latas redondas de metal que guardaban los rollos de celuloide, un rudimentario equipo de sonido y el pesado proyector.
Su llegada era poco menos que una fiesta, especialmente para los que entonces éramos niños, revoloteando a su alrededor para saber qué película tocaba ese día.
Por aquel entonces debía de ser muy común en toda la zona del Moncayo que el cine llegara a los pueblos pequeños a través de proyectores itinerantes gestionados por vecinos de localidades cercanas. El distribuidor ambulante (en este caso, el vecino de Los Fayos, del que lamentablemente nunca conocí su nombre real) alquilaba los rollos de película que ya habían salido de los circuitos comerciales principales de las capitales.
Las copias solían llegar desgastadas, por lo que eran
habituales los cortes de cinta a mitad de proyección, momento en que algunos mostraban su desaprobación mediante silbidos o murmullos mientras se encendían las luces hasta
que El Fayano lograba empalmar el celuloide y continuar con la
película.
Aunque no puedo recordar la totalidad de la cartelera que traía El Fayano las películas, siempre de reestreno o de serie B, solían ser del Oeste, de capa y espada, de romanos o de aventuras. En cualquier caso eran películas muy dinámicas, con mucha acción y sin tramas complejas, perfectas para mantener entretenidos a los niños y a los jóvenes del pueblo. Debemos tener en cuenta de que en aquellos años imperaba la censura, que "arreglaba" muchas escenas y diálogos a gusto del régimen franquista.
Sí que me acuerdo de dos películas que ví allí por primera vez. Una era "Cuando ruge la marabunta" y la otra "La senda de los elefantes".
Todos los espectadores teníamos que llevar nuestra propia silla o banco a la plaza. La atmósfera que se respiraba durante la proyección es irrepetible: el sonido continuo del proyector de fondo, el haz de luz cruzando la penumbra lleno de motas de polvo y el humo de los cigarrillos flotando en el ambiente...
Cuando la cinta se rompía por el desgaste o tocaba cambiar de rollo, la luz se encendía de golpe. Era el momento de comentar las escenas o de comer pipas y cacahuetes.
Controlar el aforo era una misión casi imposible para El Fayano. Al no haber puertas ni paredes, el truco de cobrar en el
descanso era la única forma que tenía de asegurarse de que la gente ya estaba
enganchada a la trama y dispuesta a soltar lo que costaba la
entrada.
Esa era la señal para la desbandada de los niños corriendo
a ocultarnos por los callejones oscuros que dan a la plaza, esperando
escondidos a que se apagaran las luces de nuevo. En cuanto el proyector arrancaba una vez más y el haz de
luz volvía a cruzar la plaza, los chavales reaparecíamos sigilosamente entre las sombras para sentarnos en el suelo o al fondo de la
plaza y seguir viendo el final de la película gratis.
Nunca supe si esto enfadaba a El Fayano, aunque creo que simplemente asumía que los niños siempre se la iban a jugar en el descanso y no merecía la pena ponerse a mal con nadie.
Hoy he querido compartir este recuerdo, para mi entrañable, uno de los más vivos de mi infancia: la fascinación de ver cómo una pared del pueblo se transformaba en un mundo de aventuras...
El cine en la plaza y la picaresca de la desbandada forman parte del guión de aquellos veranos en Torrellas, una herencia sentimental, una época dorada en la que como Salvatore, el protagonista de la magnífica Cinema Paradiso, aún creía que el cine era magia.
En esta ocasión no aporto fuentes documentales, cuya existencia desconozco, sino que me baso solamente en mis propios recuerdos.
Es posible que el Ayuntamiento de Torrellas custodie las solicitudes de permisos que El Fayano debía tramitar para la ocupación de la plaza pública, el enganche eléctrico o el pago de arbitrios y tasas de espectáculos. El trabajo de hallar y estudiar ese material, caso de conservarse todavía, sería para los estudiosos del cine en Aragón o para quienes sientan verdadera curiosidad por el tema.
Imagen generada por IA.


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